En estas fiestas navideñas, mientras disfrutaba de las tradicionales llamadas de felicitación, una inquietante coincidencia se hizo evidente entre mis amigos y conocidos.
Médicos, abogados, profesores, farmacéuticos, cocineros, psicólogos, empresarios, periodistas… todos ellos, sin excepción, expresaron un deseo común: jubilarse cuanto antes. No porque aborrezcan sus profesiones, sino porque están agotados por la falta de educación y la omnipresente envidia que parecen asediar a nuestra sociedad.
La envidia, esa oscura protagonista que ha tejido su hilo a lo largo de la historia humana, ha encontrado un terreno especialmente fértil en nuestro país.
Desde el relato bíblico de Caín y Abel, donde la envidia transforma una quijada de burro en un arma mortal por el simple hecho de desear lo que otro posee, hasta los tiempos actuales, este sentimiento corrosivo ha sido parte integral de nuestra cultura.
El papa Gregorio Magno ya incluyó la envidia en su lista de los siete pecados capitales; parece que en nuestro país ha encontrado un hogar permanente.
En España, destacar en cualquier ámbito se convierte casi en un acto heroico. Al hacerlo, uno no solo no recibe aplausos si no que se expone a una tormenta de críticas malintencionadas y ataques velados. El éxito personal o profesional despierta instintos primitivos en aquellos que, desde la comodidad de su mediocridad, no pueden soportar ver prosperar a otros.
Los envidiosos se sienten amenazados y angustiados por el éxito, la felicidad o la prosperidad de otros, porque sienten que no pueden tener eso. Entonces, si no lo tienen, lo destruyen. Es puro complejo de inferioridad. Como bien decía Nietzsche, el envidioso “es un ser débil y resentido, incapaz de afirmar su propia vida, que se consume en su amargura y mediocridad mientras intenta derribar a los demás”. Se regodea en el fracaso ajeno, busca rebajar al otro para sentirse superior, pero en realidad solo se hunde más en su propia miseria.
Pero la envidia no actúa sola, la falta de educación también juega un papel crucial en el deterioro de nuestras relaciones interpersonales y profesionales. La educación va más allá del mero conocimiento académico; implica respeto hacia los demás, capacidad para escuchar y empatía genuina. Sin embargo, estas cualidades parecen estar cada vez más amenazadas. En su lugar, proliferan comportamientos egoístas y palabras hirientes que dificultan el establecimiento de diálogos constructivos.
¿Es esta una característica endémica de nuestra cultura? Tal vez sí. En nuestra sociedad se ha normalizado la crítica destructiva y el menosprecio hacia el éxito ajeno. Esta falta de educación —que no se limita, como digo, a los estudios formales sino que abarca valores fundamentales como la convivencia— agrava aún más nuestra situación actual.
Hemos olvidado que el respeto hacia los demás es esencial para construir una sociedad sana.
Todos mis amigos me manifestaron que estaban hasta el gorro de aguantar, en esta sociedad sin rumbo en la que nos ha tocado vivir, a mediocres que en su gran mayoría eran unos envidiosos. Intenté suavizar las conversaciones apelando a esa idea tan comúnmente mencionada: “la envidia sana”, esa que podría servir como estímulo para superarse. Pero me dejaron claro que tal concepto es solo un eufemismo; la envidia es envidia pura y dura, siempre acompañada por el germen de la destrucción y nunca del crecimiento.
En esta sociedad que parece haber perdido su rumbo moral y ético, resulta alarmante observar cómo tantas personas valiosas y profesionales se sienten abrumadas por un ambiente tan hostil.
La combinación letal de la envidia y la falta de educación no solo afecta a quienes las padecen directamente; también erosiona nuestro tejido social e impide el progreso colectivo.
Es hora de reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos construir. Quizá deberíamos comenzar por recuperar valores fundamentales como el respeto mutuo, la admiración genuina por los logros ajenos y el apoyo incondicional entre nosotros.
Mientras sigamos permitiendo que la envidia y la falta de educación campen a sus anchas, este país —todavía llamado España— seguirá condenándose a ser su propia peor versión.
Así pues, invito a todos a tomar conciencia sobre este fenómeno social devastador. La transformación comienza con cada uno de nosotros; cultivemos una cultura donde celebrar el éxito ajeno sea motivo de alegría compartida y donde cada persona pueda brillar sin miedo al juicio o al desprecio. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más justa y solidaria.